La sonrisa es a la belleza, lo que la sal a la comida

  • A finales del siglo XIX y principios del XX, la sonrisa se convirtió en un acto liberalizador de la belleza y de la mujer.

El escritor, diplomático y arqueólogo italiano Carlo Dossi (1849-1910) hizo célebre la frase de "La sonrisa es a la belleza, lo que la sal es a la comida". Dossi fue uno de los principales exponentes del movimiento artístico y literario llamado Scapigliatura que surgió como con un espíritu de rebeldía contra la cultura tradicional y el aburguesamiento de la sociedad. A finales del siglo XIX y principios del XX, sonreír no era precisamente un exponente de buenas maneras, sobre todo para las señoritas de alta alcurnia. Reír a carcajadas era más propio del vulgo y de las clases más populares. La sonrisa era un gesto infantil y desdeñoso. La cultura artística europea mostraba que la risa estaba reservada para los locos, los borrachos, los niños, la gente del espectáculo y del mal vivir.

De ahí lo revolucionario de la frase de Dossi: la sonrisa se convirtió en un acto liberalizador de la belleza en su plenitud y del desacomplejamiento de la sociedad ante una nueva realidad que estaba llegando irremisiblemente: La Modernidad. Para las mujeres, reír en público y mostrar todo el esplendor de la boca y de la faz fue también fue considerado un acto reivindicativo y de feminidad.

Algunos expertos señalan que la odontología estética surge en este siglo con las nuevos tratamientos y productos de gran eficacia como el blanqueamiento dental, las carillas o los implantes dentales, entre otros. Pero ya en 1400 se fabricaban dientes con hueso de marfil o en 1700 se pusieron las primeras dentaduras de cerámica.

Curiosamente la sonrisa, como elemento estético determinante en la liberalización sin complejos de la feminidad y de la belleza de la mujer, surge a finales del siglo XIX y principios del XX, fechas en las que también empezaría a funcionar el movimiento del Sufragismo (1848) con la Declaración de Sentimientos de Seneca Falls en Estados Unidos y que culminarían cien años después, en 1948, con la Declaración Universal de los Derechos Humanos que reconoce el sufragio femenino como derecho humano universal.